MUERTE : NINGUNA FATIGA ES COMPARABLE AL TEDIO



En realidad la culpa de que yo esté muerto la tuvo aquel balón. Surgió de pronto en mitad de la carretera y ya se sabe que detrás de un balón viene siempre un niño. Así que frené, pero en vez de un niño lo que se me echó encima fue el camión que venía detrás. Debió ser instantáneo y desde entonces parezco condenado a languidecer eternamente.
Cuando pasó el accidente tardé en darme cuenta de lo que ocurría. No me enteré hasta varios minutos más tarde, cuando salí del coche y vi que el camionero no contestaba a mis recriminaciones. No puedo decir que me alarmara ni que me asustara, no. Fue sobre todo una sensación de fastidio y frustración, como cuando alguna circunstancia inesperada te impide terminar algún proyecto importante, como cuando vas al fútbol y un atasco te impide llegar a tiempo. Al principio no supe que hacer y me senté en la cuneta a ver qué pasaba con aquel follón. Lo que me inquietó fue la soledad que sentí cuando todos se fueron y la Guardia Civil restableció la normalidad del tráfico.
Me sentí aislado, abandonado por todos, ajeno a todo, sin saber qué hacer o dónde ir. Crucé los brazos con ansiedad, buscando con desesperación una explicación que dar en casa. De pronto, sin alivio de ningún tipo, me di cuenta de que no, de que no tenía ninguna explicación que dar. Nadie me esperaba ya ni tenía dónde ir ni qué hacer, nadie contaba conmigo para nada, estaba muerto. Me dominaba una impresión de fracaso, de inutilidad, una desesperante sensación de inanidad. Hundí las manos en los bolsillos e incliné la cabeza, casi clavando la barbilla en mi pecho.
Cuando te mueres cambia la perspectiva de unos asuntos y te enteras de los porqués de otros muchos. De pronto me di cuenta, por ejemplo, de lo mucho que me molestaba aquel vecino que se había pasado cinco años cruzándose conmigo sin saludarme. Me enteré, con un leve encogimiento de hombros, de que en realidad Lourdes no se iba al bingo los miércoles por la tarde. De haberlo sabido a tiempo hubiese armado la de San Quintín supongo, pero ya para qué... La verdad es que siempre me lo creí y además me venía bien. Por unas horas me sentía el rey de la casa y ponía los pies encima de la mesita del salón o veía la televisión saltando contínuamente de cadena en cadena sin que nadie me dijera nada. Por mí como si quisiera ir al bingo vestida de fallera mayor todos los miércoles del año.
Ni siquiera la noticia de que Lourdes me engañaba con el vecino que nunca me saludaba alteró el ensimismamiento que me abordó tras mi muerte. Más por aburrimiento que por otra razón decidí seguirle cuando iba a ver a Lourdes o salía a jugar la partida. A veces incluso me ponía a su lado y seguía acompasadamente sus pasos. Su caminar siempre había sido ligero y nervioso, que cuando llevaba prisa se trasmutaba en un trotecillo alegre y saltarín, pero ahora andaba lenta y pesadamente, con una gravedad que siempre le había sido ajena, y con frecuencia tenía que detenerme a esperarle.
A medida que pasaban los días y las noches, hay que ver qué largas y frías se hacen cuando estás muerto, el tedio y la vaciedad se iban apoderando de mí. Dormía en la estación del tren, en medio de malolientes viajeros y vagabundos borrachos que escondían su ración de alcohol en los forros desastrados de sus abrigos. Fue hablando con ellos como empecé a fraguar mi plan, más por aburrimiento y por matar el tiempo que por otra cosa. Hice amistad con un electricista holgazán al que la bebida había prematuramente jubilado.
Su charla me costaba todas las noches una botella del peor alcohol, pero era muy instructiva. Sus muchos años pasados en el arroyo le habían convertido en un experto en la supervivencia y en la venganza. Ahogado en coñac barato y peleón nunca le extrañó hablar con un muerto, quizá porque entre aquella onírica realidad y su embriagada existencia no debía haber tanta diferencia. Copa tras copa, noche tras noche, me enteraba de los navajazos entre pordioseros que disputaban una colilla o de sus peleas por un puesto ante los fieles dadivosos que salían de misa. Maridos adúlteros y esposas vengativas desfilaron ante nosotros a lo largo de etílicas vigilias en las que los dos acabábamos dando tumbos por las esquinas de la ciudad sin que hiciéramos nada por evitarlo.
Dejaba pasar el tiempo lentamente y, mientras elaboraba mi malévolo plan, disfrutaba pensando en lo que iba a hacer y sus consecuencias. Ahora la eternidad empezaba a pasar más deprisa. Me divertía. Transcurrido el invierno y gran parte de la primavera, por fin llegaron las tormentas que anunciaban con grandes truenos y violentas lluvias el principio del verano.
Entré en mi casa al caer de una tarde con grandes nubarrones grises y barrigudos, sabiendo que él no tardaría en llegar para ver mi televisión, leer mi periódico, abrazar a mi mujer. Mientras daba una vuelta para ver cómo seguía todo, estalló la tormenta. Lourdes se sobresaltó con el primer trueno. La lluvia lo llenó todo y por la calle pronto bajaron pequeños ríos de agua.
Ella empezó a acicalarse y cambiarse de ropa, se puso aquel vestido tan caro que le regalé, se peinó y se pintó cuidadosamente. Mientras tanto yo arranqué el cable de la plancha y empecé a pelarlo. Introduje un extremo en el enchufe y el otro en la cerradura de la puerta del piso.
El estaba llegando y empezó a buscar en sus bolsillos. Introdujo la llave, no consiguió abrir y apoyó la mano. El chispazo que lo mató dejó toda la casa a oscuras. Mi mujer salió corriendo y gritando su nombre. Sólo un minuto más tarde todos los vecinos la rodeaban. En medio de la confusión, de las voces y los ayes alguien me puso el brazo sobre los hombros. Era él.
Me quedé aturdido y empecé a sudar, creo que pensé que había fallado. Él lo debió notar en mi gesto y me tranquilizó, levantó las cejas y apuntó con la nariz al suelo, donde yacía su cadáver. Cuando recuperé el resuello me preguntó por qué, sin siquiera soltarme los hombros. En su voz no había queja ni amargura, sólo curiosidad.
- Me aburría -le dije.
- ¿Y ahora qué? -preguntó.
- Solos nos vamos a hartar, necesitamos a alguien más... -dije.
- ¿Te refieres a ella? -preguntó de nuevo.
- Sí, pero primero que explique a la policía quién puso el cable en la cerradura.


Autor : Pedro De Hoyos

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